La mayoría de las empresas no tiene un problema de marketing. Tiene varios pedazos de marketing que no se hablan entre sí.
Las redes las lleva una persona, la pauta la maneja otra, el sitio lo hizo alguien hace tres años y las consultas entran por WhatsApp sin que nadie las registre. Cada parte puede estar bien hecha y el conjunto igual no funcionar.
Dónde se pierden las consultas
Casi nunca en el lugar donde se busca. Se pierden en las costuras: el anuncio promete algo que la página no confirma, la consulta entra un viernes y se responde el martes, alguien pregunta un precio y nadie vuelve a llamarlo.
Trabajar el marketing integral es hacerse cargo de eso. Menos glamoroso que una campaña nueva, y casi siempre más rentable.
Primero medir, después opinar
Antes de proponer nada miramos de dónde viene lo que hoy te entra. Muchas veces la conclusión incomoda: el canal en el que más se invierte no es el que trae los clientes, y el que los trae no lo estaba mirando nadie.
Esa foto inicial es la que permite decidir con fundamento en vez de con intuición. Y es la que después permite discutir si algo funcionó, con números en vez de sensaciones.
Un plan que se puede sostener
Un plan que no se puede ejecutar no sirve de nada. Por eso lo armamos según lo que se puede sostener de verdad: tu presupuesto, tu equipo y tu tiempo.
Preferimos tres cosas hechas bien todos los meses que diez enunciadas en una presentación y ninguna cumplida.